La logística que sostiene las expediciones científicas debe adaptarse a cambios bruscos de clima y a complejas cadenas de comunicación para operar con seguridad en los territorios más inhóspitos del Continente Blanco. Una persona clave en esta área es Pablo Espinoza, del Departamento de Expediciones del INACH. Esta es su visión de un trabajo exigente y lleno de desafíos.
La Antártica profunda es uno de los entornos más inestables del planeta, donde el clima puede cambiar en minutos y obligar a repensar cualquier plan. Desde la Estación Polar Científica Conjunta Glaciar Unión, una reciente campaña avanzó hacia la base del monte Vinson, la cumbre más alta del continente, para instalar un sensor y ampliar la red de monitoreo climático en el interior de la región polar, parte del esfuerzo del Instituto Antártico Chileno (INACH) por ampliar la ciencia nacional hacia estos territorios extremos. El soporte logístico estuvo a cargo de las tres ramas de las Fuerzas Armadas: Ejército, Armada y Fuerza Aérea de Chile; la Dirección General de Aeronáutica Civil y la empresa Antarctic Logistics and Expeditions (ALE), junto con profesionales del Departamento de Expediciones de INACH.
Pablo Espinoza Gallardo comenzó joven en el mundo antártico, a los 20 años, luego de haber estudiado Ingeniería en Transporte Marítimo, época en la que trabajó en agenciamiento para programas antárticos de distintos países, entre ellos Corea del Sur, España, Bulgaria y, especialmente, Estados Unidos, con quienes colaboró durante siete años. “Eso me dio una buena preparación respecto a lo que significa una expedición a la Antártica”, recuerda este joven logístico que ha estado varias veces en el glaciar Unión.
Hoy, desde el INACH, Espinoza apoya campañas como la que llegó hasta la base del monte Vinson, coordinando la distribución de carga, la preparación de campamentos, el traslado de muestras y el retorno de equipamiento.


La ruta al Vinson
En la campaña que avanzó desde el glaciar Unión hacia el monte Vinson, el equipo logró instalarse en el campamento base y luego en el low camp, antes de que las condiciones obligaran a retroceder. La preparación específica de esta expedición tomó alrededor de tres meses, con un foco muy claro en tres factores: carga, clima y comunicaciones.
“Las antenas que debíamos llevar, sumadas a la alimentación, ya son 40 kilos o más”, explica Espinoza. A eso se agrega el gas y los equipos técnicos, además del compromiso ambiental de traer de vuelta todos los residuos, incluidos los desechos humanos.
El equipo se movió sobre el imponente glaciar Unión, terreno surcado de grietas que exige conocimiento avanzado en montaña invernal, trabajo con imágenes y rutas predefinidas. Aunque existen mapas delimitados por empresas especializadas, Espinoza insiste en que no hay lugar para acomodarse. El equipo se divide en cordadas: algunas avanzan más rápido, otras cargan materiales pesados, pero todas se mantienen en constante comunicación. En esta campaña participaron alrededor de 12 personas. “Ahí es otra logística: se hace randoné, cada uno lleva su peso y se arrastran trineos”, comenta el funcionario de INACH. En este caso, se planificó el ascenso en siete días, de modo que cada persona debía cargar su comida, combustible, equipamiento personal y colectivo.
“No somos un ente completamente independiente como en otras expediciones”, señala el logístico. En Glaciar Unión hay coordinación con personal del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea, lo que implica una serie de autorizaciones y una cadena de comunicación que involucra al jefe de base, el puesto de mando en Punta Arenas y el Estado Mayor Conjunto en Santiago. En este contexto, las comunicaciones son críticas: se utiliza internet, teléfonos satelitales y radios portátiles para la coordinación interna y los reportes de avance.
Fue precisamente la combinación entre meteorología y ventanas operacionales de los pilotos la que determinó el límite de la expedición hacia el Vinson. Ante la llegada de un frente de mal tiempo y la cercanía del retiro de las aeronaves, la instrucción fue clara: volver al campamento base y continuar con otras actividades. “Al final, quien tiene la última palabra es la Antártica y, en particular, la meteorología”, resume Espinoza.

Un año para preparar unos días
La planificación de una campaña científica se inicia con un año de anticipación, aunque siempre existe la posibilidad de un “factor sorpresa” que abre un margen de ajuste de tres meses. Ese rango es el que se considera razonable para pensar una expedición al Continente Blanco, sobre todo cuando involucra múltiples disciplinas.
“Dependemos de la condición psicológica, física y emocional de las personas; cada persona tiene características y necesidades distintas”, señala. A eso se suman complejidades médicas, alergias, intolerancias alimentarias y la preparación de insumos, con una idea central: en la Antártica no hay acceso a recursos como en las ciudades, por lo que se debe llevar todo, tanto para el mejor escenario como para el peor. Por eso, el trabajo previo incluye reuniones, compras, checklists, inventarios de lo que hay y lo que puede faltar.
En ese contexto, la principal regla de oro es no dar nada por sentado. “Como logísticos no podemos subestimar nada. La Antártica es inestable: si bajas la guardia, te noquea. El clima puede cambiar con rapidez y desordenar los planes, por lo que la experiencia nunca es garantía absoluta. Jamás puedes confiarte y decir ‘a mí no me va a pasar nada’”, añade.
En terreno, su trabajo no solo consiste en la logística dura, sino también en liberar a los equipos científicos de esas preocupaciones para que puedan concentrarse en sus mediciones y toma de muestras. Mientras las y los investigadores se enfocan en la ciencia, Espinoza se mantiene en contacto con el buque o con las bases, evaluando condiciones y cambios de último minuto que, en ocasiones, obligan a modificar planes: quedarse más tiempo en un punto o evacuar antes de lo previsto.
La precaución implica no solo estar atento a los cambios en las nubes o el viento: se observan también las corrientes, el hielo a la deriva y las mareas. “Puedes entrar a un lugar despejado y, horas después, encontrarte rodeado de hielo. Si no puedes volver al bote, es grave y, si no tienes un helicóptero que te saque, quedas atrapado”, explica. Por eso, aunque el plan contemple estar en terreno entre cinco y seis horas, siempre se actúa como si en ese período pudiera suceder cualquier imprevisto.
Cuando describe físicamente la ruta hacia el Vinson, Espinoza la define como un entorno prístino. “Todo lo que hacemos genera impacto ambiental, así que todo lo que llevas, lo tienes que traer de vuelta”, subraya, vinculando la logística con el compromiso de minimizar la huella humana. Es un paisaje de nieve, hielo y roca donde, a diferencia de la Península o de otras zonas con fauna, la vida se expresa solo a través de ciertas especies vegetales y microorganismos.
Para él, esa región es “la más antártica”: un lugar terrestre que, por momentos, parece no serlo por la ausencia de referencias habituales y por la inmensidad blanca. En ese escenario, el viento y el frío amplifican la sensación de altura: aunque el monte Vinson tiene 4.892 metros, las condiciones climáticas y geológicas lo emparentan, en esfuerzo, con montañas de 8.000 metros en otras latitudes.
En un entorno así, la logística debe ser capaz de responder a un entorno cambiante, donde el clima y las largas distancias ponen en constante prueba cada decisión. Desde ese desafío, la labor de logísticos como Pablo Espinoza se integran al esfuerzo de Chile por fortalecer la presencia de la ciencia nacional en el continente y ampliar el conocimiento sobre este laboratorio natural único en el planeta.
El Instituto Antártico Chileno (INACH) es un organismo técnico del Ministerio de Relaciones Exteriores con plena autonomía en todo lo relacionado con asuntos antárticos de carácter científico, tecnológico y de difusión. El INACH cumple con la Política Antártica Nacional incentivando el desarrollo de la investigación de excelencia, participando efectivamente en el Sistema del Tratado Antártico y foros relacionados, fortaleciendo a Magallanes como puerta de entrada al Continente Blanco y realizando acciones de divulgación del conocimiento antártico en la ciudadanía. El INACH organiza el Programa Nacional de Ciencia Antártica (PROCIEN).
Fuente y Fotografías ®INACH